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Print This Post Crónica de la visita a Alberta y Teresa

Normalmente yo no debí haber asistido al Penal aquel día. Tenía cursos de maestría, por lo que ir con Teresa y Alberta significaba volarme algunas horas de cátedra. Sin embargo, a eso de las 11, me entró un remordimiento horrible: me acordé por qué era activista y la repercusión de mis acciones, así que hablé con el profesor en turno, tomé mis cosas y me encontré con Alberto - el Director Ejecutivo de Amnistía Internacional México - frente al Palacio de Gobierno pues acababa de salir de una reunión con el Gobernador.

Al Taxi le tomó poco más de media hora en llegar al Penal. Ya todos los activistas estaban afuera con mantas y pancartas. Había alrededor de 50 personas que vinieron de la Ciudad de México, Guanajuato, Guadalajara y Querétaro. Me dio mucho gusto ver caras conocidas y creo que a ellos también. La entrada del penal estaba repleta de reporteros, todos abordaron a Alberto para que les concediera una entrevista y, mientras tanto, yo me puse a recolectar firmas y frases de apoyo para entregárselas a Alberta y Teresa en un sobre lleno de fotos con mensajes de solidaridad por parte de activistas de todo el mundo.

La entrada al penal fue ciertamente escabroza. Nos pidieron que dejáramos celulares, cámaras, mochilas, aunque siempre nos trataron bien. Sólo entramos 4 personas: Quetzal (del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juarez), Alberto, Diego (un activista estudiante de la UNAM que vino desde la Ciudad de México) y yo.

Adentro del penal, nos recibió la Subdirectora. Fue sumamente amable y, después de alrededor de 100 metros de caminata en un pasillo amurallado, nos llevó a un segundo puesto de control donde revisaron todo lo que les llevábamos a Alberta y Teresa.

Nuestra reunión ocurrió en la sala de juntas de la Dirección del Penal. Nos ofrecieron agua de melón y natural y nos dejaron sólos charlando con ellas. Las tres (Alberta, Teresa y su hija Jimena) se veían tranquilas y contentas de recibirnos. Les contamos lo que estaba ocurriendo afuera: los activistas, los reporteros, las ONGs, las OSCs, la Suprema Corte, el Congreso, el Gobierno del Estado, el INMUJER, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Su caso estaba tomando vuelo, ellas lo sabían, y se sentían muy contentas de ello. Se veía que estaban seguras de que saldrían pronto.

Leyeron algunas de las cartas, observaron con detenimiento las fotografías y en ambos casos sonrieron. Alberta y Teresa hablan muy bien español: su acento no es el característico de las indígenas nhonhú y al darme cuenta de ello recordé dónde lo habían aprendido: en la cárcel. Al recibir sus regalos, nos platicaron de la envidia que han sentido sus compañeras de celda hacia ellas. En el caso de Teresa, el problema llegó a tal grado que la tuvieron que cambiar hace poco. También nos platicaron del último incidente de salud de Jimena y como la ayuda médica llegó oportunamente a la mitad de la noche, cosa muy rara. A las personas que trabajan en el Penal les da miedo que les pase algo, entonces han comenzado a tratarlas mejor que antes. El caso ha llegado a tal punto, que Alberta y Teresa tienen que ser tratadas “con pinzas”, dirían los del Penal, con dignidad, diría yo.

Al platicarnos sobre las envidias y el estado de salud de Julieta, recordaron lo duros que fueron los últimos 4 años. Teresa habló con una cadencia inusual… era como tener una cascada de verbos, sustantivos y adjetivos saliendo por su boca incesantemente. Me daba cuenta que estos momentos eran valiosos para ellas: catárticos, por así decirlo.

Estuvimos con ellas alrededor de una hora. Hablamos de las visitas que recibirían al día siguiente, de las entrevistas que seguramente les pedirían y, sobretodo, de su posible próxima liberación. La piel se me enchinó de escuchar esto. No imagino lo que sintieron ellas.

Salimos del Penal y los reporteros se habían ido. Los activistas seguían firmes sosteniendo las mantas y las pancartas. Seguían gritando exigiendo la liberad inmediata de Alberta y Teresa. Alberto y
yo compartimos un poco de lo que pasó dentro del Penal. Nos subimos al autobús, y nos fuimos.

El día de hoy se cumplen 4 años de aquel evento por el que Alberta y Teresa están dentro de un Penal por cargos federales infundados e injustos. La única razón por la que están dentro, es por defender su dignidad y por ser mujeres indígenas que viven en condiciones de pobreza. Les tocó a ellas, porque la Agencia Federal de Investigación y la Procuraduría General de la República pensaron que nadie se enteraría, que simplemente sería un ejemplo de escarmiento para el pueblo de Santiago Mexquititlán.

Pero la realidad es distinta y afortunadamente hoy vemos expuesta la vergüenza del sistema de justicia mexicano para exigir la libración de Alberta y Teresa.

Esto no le pasa sólo a Alberta y Teresa, esto nos pasa a todos: a nosotros, a ti, a mí. Exigir la libertad de estas dos mujeres indígenas, no es una cuestión de sensacionalismo o un pretexto para criticar al gobierno, es una cuestión de dignidad, de la nuestra.

Martes, Marzo 30, 2010 , 4:21 am clasificado como: Uncategorized. Print This Post

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