Amnesty International
El empresario tecnológico y filántropo uigur Ekpar Asat, que fundó una plataforma de medios de comunicación para ayudar a personas necesitadas, desapareció en la región de Xinjiang, en China, en torno al 7 de abril de 2016. Según los informes, fue declarado culpable de los cargos de “incitación al odio étnico y discriminación étnica” y condenado a 15 años de prisión. Aquí, su hermana, la abogada de derechos humanos Rayhan Asat, desgrana sus recuerdos de su hermano, a quien vio por última vez hace un decenio.
Este año se cumplen 10 años desde que a mi hermano, Ekpar Asat, se lo llevaron las autoridades chinas.
Diez años desde que desapareció en un sistema que silencia, castiga y separa a las familias.
Diez años de dolor, incertidumbre y añoranza.
Cuando pienso en este aniversario, siento a la vez una profunda tristeza y una obstinada esperanza. El dolor de todo lo que le han arrebatado, y lo que nos han arrebatado a nosotros. Pero también el convencimiento de que, incluso después de 10 años de injusticia, esto no puede durar para siempre.
Debe ser puesto en libertad.
La silla vacía
Cuando me remonto a 2016, tengo una imagen fija: la silla vacía a mi lado el día de mi graduación.
Se suponía que Ekpar estaría allí con mis padres. Íbamos a celebrarlo juntos. En lugar de eso, me senté sola mientras todos los demás estaban rodeados de sus seres queridos.
Esa silla vacía ha permanecido conmigo desde entonces.
Esto es lo que te hace la represión. No se trata sólo de muros de prisión o decisiones arbitrarias. Se trata de fechas importantes robadas, vacaciones perdidas, y todos los momentos cotidianos que las familias deberían haber compartido.
Mi hermano y yo estamos muy unidos. Por eso, cuando pienso en estos 10 años, no pienso sólo en lo que le han hecho, sino en todo lo que nos han quitado.
Futbolista, bailarín, innovador
El mundo conoce a Ekpar como alguien que ha sido detenido arbitrariamente. Pero eso no es lo que le define; él es mucho más.
Es una persona que de verdad adora ayudar a la gente.
Era un adelantado a su tiempo, un empresario que comprendió pronto cómo la tecnología podía mejorar la vida de las personas. Mediante la plataforma que construyó, la población de las zonas rurales de Xinjiang podía presentar quejas, pedir ayuda y recuperar bienes que les habían sido indebidamente arrebatados. También ayudaba a niños y niñas con discapacidad a continuar con su educación.
Creía en el uso de la innovación para hacer el bien.
Es reflexivo, humilde y sumamente afable. Trataba a todo el mundo con el mismo respeto, fuera quien fuese.
Y aportaba alegría.
Era un excelente futbolista, tan bueno que la gente le apodaba Roberto Baggio. También era un gran bailarín. En las bodas, cuando yo venía de mis estudios en el extranjero y me sentía fuera de lugar, siempre era el primero en sacarme a bailar.
Era ese tipo de hermano: alguien que se aseguraba de que nunca me sentía sola.
Recuerdo una vez que tomé un taxi tras volver a casa de mis estudios en el extranjero. Cuando mencioné el nombre de mi hermano, el taxista lo reconoció de inmediato y se negó a cobrarme. Dijo que mi hermano había ayudado a la gente, y no quiso aceptar mi dinero.
Ese era el impacto que él tenía.
Una luz, incluso en la oscuridad
Incluso después de todo lo que ha pasado, mi hermano sigue siendo mi inspiración.
Cuando lucho, pienso en él. Si él puede soportar lo que ha soportado y seguir siendo quien es, yo no puedo rendirme.
Lo que más me impresiona es que, incluso detenido, siguió ayudando a otros. En un momento dado supe que estaba ayudando a detenidos ancianos a cortarse las uñas porque estaban demasiado débiles para hacerlo ellos mismos.
Incluso en un lugar concebido para arrebatar a la gente su dignidad, él estaba tratando de restaurarla.
Él es así.

El precio de alzar la voz
La gente a veces me ve como una activista, una abogada, alguien que ha encontrado un propósito a través de esta lucha.
Pero no quiero idealizar esa noción limitada de mí y de otros y otras activistas.
Siempre he tenido un propósito en la vida. Antes de que comenzaran las atrocidades contra el pueblo uigur, trabajaba para ayudar a personas sirias desplazadas por la guerra. Cuando trabajaba en un bufete de abogados, siempre aceptaba casos no remunerados para ayudar a personas que sufrían persecución en otros lugares. Pero estaba muy alejada del efecto de esas violaciones de derechos humanos. Lo que me motivaba era mi propia conciencia.
Es decir, que no elegí este camino únicamente por lo que le sucedió a mi hermano; lo elegí porque es un trabajo con significado.
Pero tiene un precio.
Demasiado a menudo, el trabajo de derechos humanos se presenta como algo inspirador. Pero cuando se trata de tu familia, tu comunidad, resulta profundamente doloroso.
Cambia todos tus cálculos. Además, tus emociones y el miedo por tus seres queridos pueden afectar a tu criterio y tu vida cotidiana, y dictar tu activismo. Y tu propia seguridad peligra. Lo cambia todo.
Una de las cosas más difíciles de los últimos 10 años ha sido la incertidumbre. Tenemos muy poca información sobre el estado de mi hermano. Ese tipo de desconocimiento es una forma específica de sufrimiento.
Te descubres pensando en cosas pequeñas: qué come, si pasa frío, si corre peligro.
Y no hay respuestas.
Por qué cada acción cuenta
Y, sin embargo, ha habido momentos que me recuerdan por qué la solidaridad importa.
Mi hermano recibió una vez una postal con un sencillo mensaje: “A la gente buena le pasan cosas buenas”.
No era más que una postal, pero le llegó hondo, y le dio fuerzas.
A menudo pienso en eso.
La gente a veces se pregunta si las cartas, las peticiones o las campañas, como las que organiza Amnistía Internacional, realmente sirven de algo. Yo creo que sí.
Muestran que esa persona no ha caído en el olvido. Hacen que sea más difícil ocultar los abusos. Pueden mejorar las condiciones. Mantienen viva la esperanza.
Y también ayudan a las familias.
Cada persona que ha pronunciado el nombre de mi hermano, que ha levantado su foto o que nos ha apoyado ha contribuido también a aligerar mi vida.
Después de 10 años, sé que hay cosas que nunca podrán recuperarse.
No puedo devolver a mi hermano los años que le han arrebatado.
Pero sigo creyendo en la justicia.
Justicia significa que mi hermano sea libre.
Significa que el pueblo uigur pueda vivir con dignidad y seguridad, y sin miedo. Significa reconocer lo que ha pasado y garantizar que nunca se repetirá.
Mi esperanza es simple: quiero reunirme con mi hermano en libertad.
Le han robado diez años. No debería perder ni un día más.
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