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1 de mayo: ¡Ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho horas de recreación!

Lola Liceras Ruiz

Lola Liceras Ruiz

Equipo de trabajo sobre los derechos de las mujeres en Amnistía Internacional España

Esta fue la reivindicación obrera en la huelga de Chicago de 1886 que abrió el camino a los derechos laborales. ¿Había mujeres allí? La historia no nos dejó sus nombres, pero ellas y sus hijos trabajaban en las fábricas textiles hasta 14 horas diarias en las mismas terribles condiciones que sus compañeros. El 1º de Mayo recordamos en todo el mundo este hecho y reclamamos un trabajo digno.

Nosotras, las mujeres, aún después de grandes conquistas, todavía nos enfrentamos a las ofertas de empleos precarios y “pensados” para nosotras, a la segregación en las ocupaciones y categorías profesionales, a la brecha salarial, al acoso sexual en el trabajo, al paro.

Le huelga de 1886 en Chicago marcó el pistoletazo de salida a los derechos laborales
Huelga de Chicago de 1886 que abrió el camino a los derechos laborales

La COVID-19 ha puesto las cosas más difíciles. Se han perdido millones de empleos en el mundo y, con ellos, salarios y los medios de subsistencia. El impacto de la crisis laboral ha sido mayor entre las mujeres y han sido ellas las que han quedado fuera del mercado de trabajo en mayor proporción. La crisis sanitaria ha mostrado el valor social de los trabajos de cuidado que realizan mayoritariamente las mujeres en la sanidad, en la educación, en la atención a las personas mayores, en los supermercados, en la agricultura… pero ese valor social no se ha visto recompensado con más empleos, mejores salarios y condiciones laborales.

La brecha salarial que sufren las mujeres tiene como causa principal que están sobrerrepresentadas en los empleos más precarios. La segregación ocupacional, horizontal y vertical, su mayor presencia en el empleo a tiempo parcial, el mayor tiempo dedicado a la maternidad y a los cuidados y, debido a ello, discontinuidades laborales a lo largo de sus vidas profesionales, son causas que están en la base de la desigualdad salarialSu salario medio bruto es solo el 80,5% del salario de los hombres (datos 2019 INE). Por ello, medidas como la subida del salario mínimo profesional tiene una mayor incidencia positiva entre las mujeres.

Las mujeres se siguen enfrentando a empleos precarios

Una trabajadora se prepara para cargar frutas de papaya en un camión en un mercado de venta integral en La India, AP Photo/Mahesh Kumar A.

En todo el mundo, la pandemia agravó las desigualdades por sexo ya existentes, afectando especialmente a las mujeres con menos recursos económicos, a las trabajadoras migrantes, a las empleadas del hogar y a las que trabajan en la economía informal. Por ejemplo, en Bélgica, más de 400 personas migrantes irregulares llevaron a cabo, entre mayo y julio de 2021, una huelga de hambre para reclamar mejor trato y la regularización de su situación. En Nepal, el empeoramiento de la situación económica golpeó particularmente a la población dalit, discriminada y situada en los niveles económicos más bajos. En Brasil se recortó la ayuda de emergencia y el porcentaje de población que trabajaba en la economía informal sin seguridad de ingresos ni protección social alcanzó el 39,6%.

En países como Arabia Saudí, Bahréin, Jordania, Kuwait, Líbano, se vulneran sistemáticamente los derechos humanos de las empleadas de hogar extranjeras, que por supuesto no tienen derecho a sindicarse.

El sistema de kafala, un régimen de semiesclavitud, deja que los empleadores impidan a estas mujeres cambiar de trabajo o salir del país sin su permiso, además de explotarlas laboralmente. La Organización Internacional para las Migraciones ha denunciado que el año pasado alrededor de 400.000 personas migrantes y empleadas en el sector doméstico, la mayoría asiáticas y africanas, estuvieron atrapadas en Líbano sin trabajo ni medios para regresar a su hogar. En Qatar (sí, nos suena Qatar porque es el país elegido para celebrar el Campeonato Mundial de Futbol en 2022, y no porque incumple los derechos humanos), el gobierno, a propuesta de los empleadores, ha aprobado “comités conjuntos” que nos recuerdan en España al sindicato vertical franquista, y que en ningún caso respeta el derecho fundamental a constituir sindicatos ni pueden acabar con la explotación laboral de las trabajadoras domésticas sometidas al sistema de kafala.

En Bangladesh la pérdida de empleos se ha cebado con quienes trabajan en la “economía informal”, especialmente en el sector textil donde el 80% son mujeres. Cientos de ellas han muerto o resultado heridas en terribles accidentes de trabajo (por cierto, en esas fábricas inseguras y tóxicas se produce la ropa de moda que compramos barata aquí). Medidas como la establecida en Noruega por su Parlamento en 2021 para exigir a las empresas de mayor tamaño que ejerzan la diligencia debida respecto al cumplimiento de los derechos humanos y aseguren condiciones de trabajo dignas en toda su cadena de suministro y en las relaciones comerciales en su cadena de valor, limitarían los efectos perversos de la descentralización productiva y la subcontratación de actividades en terceros países donde los derechos laborales no están asegurados.

Una mujer bangladesí trabaja en la fábrica de ropa Snowtex en Dhamrai, cerca de Dhaka, Bangladesh, 19 de abril de 2018. © AP Photo/A.M. Ahad

Porque con la excusa de la crisis económica derivada de la pandemia, los gobiernos se están llevando por delante los derechos laborales. Según recoge el Informe Anual de Amnistía Internacional 2021-2022, en Egipto, las autoridades reprimieron el derecho de la población trabajadora a la huelga y a formar sindicatos independientes y las empresas despidieron injustamente a trabajadoras y trabajadores que participaron en huelgas pacíficas. En agosto de 2021 el presidente de gobierno ratificó una nueva ley que permitía el despido automático de las personas empleadas en el sector público que figuraran en la “lista de terroristas”. En Marruecos las autoridades reprimieron en varias ocasiones protestas pacíficas que reclamaban mejores condiciones de trabajo y usaron el decreto ley de emergencia sanitaria para reprimir las reivindicaciones laborales.

El impago de salarios en el sector público y a las trabajadoras y trabajadores de sectores esenciales como el sanitario o el de educación, fue una práctica común en países africanos como Nigeria Somalia. En la República Democrática del Congo el personal médico y de enfermería de todo el país se declaró en huelga durante varios meses para reclamar mejores condiciones laborales, mejores salarios y el reconocimiento de su categoría profesional.

Una mujer trabaja en el sector de la construcción

Las mujeres representan sólo el 4% de los trabajadores cualificados de la construcción en Estados Unidos y a menudo se enfrentan a la discriminación en las obras. © AP Photo/Kevin Hagen

Pero este 1º de Mayo no olvidamos a las mujeres de Afganistán, las hacemos muy presentes y pedimos a los gobiernos y a las instituciones internacionales presionar a los talibán para que les devuelvan sus derechos. En los primeros días de la toma del poder, en agosto de 2021, un portavoz talibán comunicó, a través de la prensa, que las mujeres debían abstenerse de acudir a sus puestos de trabajo hasta que se implantaran “sistemas adecuados” para “garantizar su seguridad”, incluidas las mujeres empleadas en los distintos ministerios.

Actualmente sólo las trabajadoras del sector sanitario se han podido ir incorporando a sus puestos de trabajo, aunque han perdido su autonomía profesional e incluso la movilidad porque deben desplazarse, en el ejercicio de su profesión, acompañadas de un tutor varón. Las abogadas, juezas y fiscales tampoco pueden ejercer su profesión y, en muchos casos, están escondidas ante el riesgo de sufrir represalias por parte de hombres a los que habían juzgado y enviado a prisión al haber cometido delitos, incluso de violencia de género, y que han sido excarcelados por los talibán.

Como ha dicho Azam Ahamdi, que trabajaba como abogada en Afganistán desde 2015 y ayudaba a las víctimas de violencia de género, “siento que estoy en una cárcel. Incluso los presos tienen más derechos que las mujeres. Debido a las amenazas de muerte, además de cambiar de número de teléfono y de casa, tuve que cerrar mi oficina”.

Las niñas afganas, a partir de los 12 años, no pueden ir a la escuela. Los chicos de su edad recuperaron la escolarización el pasado 28 de febrero y los talibán anunciaron que las chicas podrían hacerlo el 23 de marzo. Pero ese día, cuando muchas de ellas ya estaban en las aulas, se las obligó a abandonarlas porque las escuelas seguirían cerradas. El motivo aducido por los talibán es que tienen que diseñar uniformes escolares para ellas acordes con las costumbres, la cultura afgana y la sharia. Un mal presagio porque no es difícil ver que con esta excusa se elimina el derecho a la educación para todas las mujeres. Si las niñas no pueden cursar estudios de secundaria, las universidades son inútiles y se materializa así que ellas, la mitad de la población, no puedan ser alguien por sí mismas, ni tener una profesión, ni trabajar, ni ser ciudadanas que participan para reconstruir su país.

El trabajo de cuidados lo realizan mayoritariamente las mujeres
Una trabajadora sanitaria de una residencia de ancianos da la mano a dos personas mayores. © AP Photo/Alvaro Barrientos

Este 1º de Mayo reivindicamos otra vez derechos que nos unen a las mujeres del mundo: el derecho al trabajo asalariado, a ejercer una profesión, a empleos en igualdad, al mismo salario porque nuestro trabajo tiene igual valor que el de nuestros compañeros, a lugares seguros de trabajo y libres de acoso sexual. Reivindicamos, en suma, el derecho a nuestra dignidad. Dignidad quiere decir que, por ser mujeres, no valemos menos que cualquiera.

¡Viva el 1º de Mayo! ¡Viva la lucha de las mujeres por sus derechos!

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