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Japón: un tristísimo récord

Sofía Moro

Sofía Moro

Se acaban de inaugurar los Juegos Olímpicos de Japón. El espíritu olímpico está basado en la alegría del esfuerzo, el valor educativo del buen ejemplo, la responsabilidad social y el respeto a los principios éticos fundamentales universales. Estos valores por los que ondea hoy la bandera nipona en el estadio olímpico, son contrarios a los que pone en práctica con su forma de aplicar la pena capital.

Poca gente conoce que Japón mantiene vigente la pena de muerte y que además la ejerce de una forma especialmente sádica: los reclusos están privados de todo contacto con el mundo exterior y solo pueden recibir visitas de sus familiares directos una vez al mes. Están recluidos en régimen de aislamiento en celdas diminutas y forzados a esperar su ejecución un promedio de siete años, con la peculiaridad de que la orden puede darse en cualquier momento, por lo que se levantan cada mañana pensando que ese puede ser su último día. Una política supuestamente diseñada para ‘no perturbar su tranquilidad’. Sin embargo, muchos enloquecen debido al estrés y la ansiedad que conlleva el no saber cuándo acabarán con tu vida, una verdadera tortura psíquica. Las ejecuciones son secretas. Cuando la orden llega todo sucede rápidamente. A los condenados les restan solo unos minutos antes de enfrentarse a la horca. Ni siquiera hay previsto un momento para decir adiós a las familias.

Hideko, en su casa, con las cartas de su hermano

Hideko, en su casa en 2010, con las cartas que guarda que se intercambio con su hermano durante los primeros años en el corredor de la muerte, hasta que dejó de escribir.

He visitado Japón en dos ocasiones. La primera en 2010 con un periodista de El País Semanal para contar con mis fotografías la lucha de una mujer, Hideko Hakamada, por lograr probar la inocencia de su hermano Iwao, condenado a muerte en el año 1968, acusado del incendio, robo y asesinato de cuatro de los miembros de la familia que regentaba la fábrica en la que trabajaba. El sistema de justicia penal japonés no ha cambiado mucho desde el siglo XV hasta hoy en lo que atañe al trato a los sospechosos, que sigue basándose en gran medida en obtener declaraciones mediante tortura y malos tratos.

El sistema de justicia criminal asume que los interrogatorios son a menudo largos e intensos y a veces coercitivos. Iwao Hakamada, un boxeador profesional retirado debido a una lesión de rodilla, separado y arruinado, era el sospechoso perfecto. Soportó 23 días de interrogatorios de hasta 16 horas diarias, durante los que fue golpeado y amenazado, sin permitirle prácticamente dormir, comer, beber o ir al baño. El 6 de septiembre de 1966, firmó la declaración en la que se inculpaba del asesinato múltiple, del robo y del incendio, y cayo rendido.

Foto de  Iwao Hakamada como boxeados

Foto promocional de Iwao, a principios de los años 60.

Hideko me impresionó. Había renunciado a todo para trabajar por la defensa de su hermano. Llevaba 42 años sin vacaciones, sin celebrar el año nuevo, sin una fiesta, nada hasta cumplir lo que había prometido a su madre: demostrar la inocencia de su hermano. A lo largo de los años muchos se habían ido uniendo a su causa: un enorme equipo de abogados, activistas abolicionistas, organizaciones de Derechos Humanos… Hasta el más joven de los tres jueces que habían firmado la sentencia de muerte de Iwao, convocó a la prensa en 2007 para decir que no estaba seguro de la culpabilidad del condenado y que era importante repetir ese juicio.

Amnistía Internacional llevaba tiempo denunciando la crueldad del caso: Iwao ostentaba el récord, nada olímpico, de ser el preso que mas años llevaba esperando su ejecución, 42 años llevaba esperando al verdugo cada mañana. Ese fue el título del reportaje firmado por el periodista Álvaro Corcuera que se publicó en portada de la revista dominical de El País en 2011.

Tres años mas tarde, el 27 de marzo de 2014, sin ningún tipo de aviso previo, un juez aceptó el vigésimo recurso de apelación que los defensores de Iwao presentaban y decidió ponerle en libertad concluyendo que había razones para creer que se habían fabricado pruebas en el juicio original y que mantenerle en prisión a la espera de decidir si se celebraba o no un nuevo juicio habría sido “insoportablemente injusto”.

Hideko avisó a la prensa de lo que estaba a punto de suceder. Pero lo que captaron las cámaras de los periodistas esa mañana de marzo no fue una imagen de júbilo, sino el retrato de un anciano enfermo, cabizbajo y desorientado con una expresión vacía, que caminaba arrastrando los pies agarrado al brazo de su hermana. Hakamada abandonaba la prisión con un trastorno mental severo. Incapaz de entender lo que estaba sucediendo y sin reconocer ni siquiera a su hermana Hideko. En su primera comparecencia ante la prensa, anunció a los periodistas que él mismo, como ‘Dios omnipotente del universo’, había abolido la pena capital en Japón. Varios expertos han dictaminado que la causa de su demencia es la psicosis institucional causada por la duración y las condiciones de su confinamiento: durante 46 años la vida de Iwao se redujo a una celda solitaria de 5 metros cuadrados, sin calefacción, iluminada día y noche y monitoreada constantemente. Dibujen con una tiza en el suelo un cuadrado de 2 metros X 2,5 metros para hacerse una vaga idea del sufrimiento infringido a este hombre.

Iwao de la mano de su hermana Hideko.

Iwao en Hamamatsu, de la mano de su hermana Hideko, despues de 46 años en el corredor de la muerte.

Ese acontecimiento es el que me hizo volver a Japón. En 2015 viajé a Japón sólo para retratar a Iwao. Representaba la posibilidad de mirar a la cara los efectos de la pena de muerte a pesar de que no había mediado ejecución alguna. Sus respuestas lo dejaban claro al instante: “¡No, no! Yo no he estado en la cárcel, no tengo recuerdo ninguno. Eso de que he salido es mentira, todo son ceremonias. Yo donde he estado todos estos años es en Hawai. He estado en Hawai”. No concibo una manera más directa ni mas clara de representar la crueldad y poner de manifiesto que las condiciones de encarcelamiento en aislamiento de los presos condenados a muerte son inhumanas y que el hecho de no notificar la fecha de su ejecución con antelación, causa angustia mental extrema y constituye un castigo añadido y un trato cruel, inhumano y degradante.

Cuando fotografié a Iwao, estaba viendo una competición de vela en la TV. Sólo parecía tener una cierta lucidez cuando hablaba de boxeo. Parecía que lo único que se mantenía incorruptible en su cabeza era el deporte. Si el estado japonés de verdad defendiera lo que el movimiento olímpico predica, hubiera sido mas fácil ver a Iwao encabezando a la selección olímpica japonesa en el desfile inaugural, que encabezando la lista mundial de las personas que más tiempo han pasado en prisión esperando ser ejecutadas por un crimen que muy probablemente jamas cometió.

Iwao viendo la televisión

Iwao ve una competición de vela en tv en casa de su hermana Hideko, a la que nisiquiera recuerda.

Mientras leen esto ahí seguirá Iwao, en casa de su hermana Hideko, viendo la tele y esperando justicia. Seguramente nunca le llegue ese segundo juicio con el que le prometieron restaurar si no su vida y su salud mental, sí su honor y el de su familia.

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